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LOS VIAJES, EL MOVIEMIENTO Y MI RELACIÓN CON LA ESPIRITUALIDAD

Una mujer que encarna la conexión espiritual de EL MOVIMIENTO a través del yoga mientras abraza su amor por LOS VIAJES en bikini.
Tiempo de lectura: 5 minutos

Nacida en una familia laica, debo confesar que mi relación con la espiritualidad ha sido toda una construcción. A diferencia de la mayoría de las familias colombianas y de mi familia extendida, en mi casa, mi familia nuclear, conformada a parte de mi, por mis padres, mi hermana y hermano mayor, no fuimos, ni somos religiosos.

Pero por esta misma razón, mi dimensión espiritual está muy conectada a mi propia verdad. Con verdad me refiero a que mis creencias han sido puestas a prueba y finalmente se han vuelto una creencia con el tiempo, porque las he vivido en carne propia.

Debo confesar que especialmente en mi adolescencia y en mis primeros años de universidad, extrañé tener la creencia de algo o alguien superior a mi, que me apoyara en algunas situaciones que no comprendía en ese entonces. En mi razón, las religiones “eran el opio del pueblo” y “Dios” un pensamiento inventado por el hombre. Entonces, aunque me eduqué con Jesuitas, siempre hubo un corto circuito a la hora de sentirme hija de Dios. Me sentí sólo hija de mis padres por mucho tiempo y a veces, por la misma razón abandonada en mi humanidad, pues no todo lo podía comprender por medio de ellos, sus enseñanzas, ni la razón.

Solo hasta la universidad, estudiando psicología y más cuando empecé a bailar, comencé a entender que en efecto la espiritualidad es una dimensión importante para el desarrollo humano de cada persona. Bailando, había en el disfrute y esfuerzo de mi movimiento, algo muy espiritual. Es decir, algo que escapaba a ese orden de la razón, del lenguaje y que venía a convertirse, en últimas, en algo mágico. Fue en ese momento que pude sentir que en realidad si tenía un alma, un espíritu.

Ese tiempo también coincidió con una serie de viajes largos, por lo que entonces realmente conecté con mi espiritualidad mucho más profundamente, a raíz de esos cambios. Cuando me puse a prueba en escenarios, idiomas y personas completamente desconocidas, fue que pude sentirme realmente parte de algo superior.

Los viajes a culturas diferentes me abrieron a la grandeza de las diferencias, la vastedad del planeta y aún así a la simpleza de la vida. A cómo logramos conectar con gestos, con la risa, con nuestras miradas, etc. Los viajes me pusieron en momentos de soledad y a experimentar cómo mi imaginación y mis recuerdos podían sostenerme. Irónicamente, estos momentos me enseñaron a no sentirme sola, así todos mis seres queridos estuvieran lejos (y en esa época no había face, ni instagram, ni skype, etc). De este modo fue como, poco a poco, me reconocí hija de la naturaleza. Esa percepción la asenté plenamente en la Amazonía colombiana. Con los viajes, fui comprendiendo que hay un orden natural, ciclos que nos cobijan a todos, no importa nuestras costumbres, fenotipos, o en qué lugar del planeta nos encontremos.

De muchas situaciones en mis viajes también comprendí el poder de las casualidades o más bien causalidades. Entre más pasa el tiempo, todo también se interconecta más. Una situación sigue a la otra, mostrando que en realidad estamos sujetos por el universo. Hoy, a pesar de momentos muy confusos y dolorosos en mi vida, creo que todo sucede con algún propósito; el propósito de hacernos crecer, evolucionar, aprender, cambiar, transformarnos. Vivir al máximo, dar lo mejor que tenemos en cada momento.

Con los viajes también tuve la oportunidad de encontrar el yoga. Una práctica que por su puesto contribuye enormemente a cultivar mi dimensión espiritual. Me gusta reconocerme como energía en movimiento. En preparación para un más allá, no paradisiaco o infernal, sino para una transformación cuántica, trascendental. Me gusta tener el reto del desapego, confiar en el amor como fuente de vida y expansión, estar en la búsqueda constante de mi balance, físico, mental y emocional. Saber que todo está dentro de mi. Hacer el ejercicio de perdonar, especialmente de perdonarme a mi misma. Ponerme al servicio de los demás, de un bien común, sentirme dios-a, esa energía, gracia, universal; impulso de vida. Dar gracias. Agradecer, ser agradecida.

Igualmente me gusta creer que la vida nos da a cada uno lo que estamos preparados para recibir. Esta premisa es muy linda porque a la vez nos da toda la responsabilidad de nuestras vidas: hay que prepararnos acorde a lo que imaginamos para nosotros o lo que queremos que suceda. Así también en las situaciones difíciles, me recuerda que tengo todas las herramientas o que voy a encontrarlas para superar cualquier reto que viva.

Algo en lo que estoy trabajando recientemente es en pedir, en visualizar lo que deseo, en atraer, en manifestar. Debo confesar que toda esta terminología es un poco nueva para mi. Pero investigando, no es algo que no tenga sustento, por el contrario va acorde a nuestro funcionamiento psíquico y neurológico. Tiene que ver con las formas en las que conocemos, asimilamos información y creamos hábitos. En la manera en como nos percibimos y nos imaginamos a nosotros mismos.

Igualmente trabajo en rendirme y dejar que la vida ocurra a su tiempo. Al tiempo en que deba sucederme y también de la forma en que deba suceder. No sé si alguien tiene un plan divino para mi. Pero de lo que si estoy segura es de que no todo depende de mi. Somos demasiado complejos, el universo es demasiado complejo como para que yo pueda sostenerlo todo. Mi espiritualidad me hace parte de un todo y en esa medida voy construyendo mi camino, mi danza.

En el 2018 pedí muy conscientemente cambios en mi vida, viajes, movimiento y me he estado preparando para ello. En esa misma medida, han sucedido eventos extraordinarios que me han echo crecer enormemente como persona.

Hoy, estoy a una semana de irme de Vietnam, lugar en el que residí y trabajé durante el último año. Estoy muy, muy, cerca de volver uno de mis sueños realidad. Viajar por un tiempo largo a diferentes lugares del mundo, hacer cursos, aprender y sobre todo poner en práctica todo lo que creo y en lo que he estado trabajando los últimos 12 años de mi vida.

Estoy apunto de tener una experiencia única, como sólo pensaba (debo confesarlo) que sucedía en las películas. Ahora será mi película. Tengo nervios, si. Pero tengo más emoción. Nervios y emoción coexisten en mi cuerpo y me encuentro con este texto:

“Dicen que antes de entrar al mar, el río tiembla. Mira atrás para ver todo el camino recorrido, para ver las cumbres, las montañas y el largo y sinuoso camino que atravesó entre selvas y pueblos. Mira hacia adelante y ve frente de sí un océano tan grande, que entrar en él sólo puede significar desaparecer para siempre. Pero no existe otra manera. El río no puede volver ya. Nadie puede volver atrás. Volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa aceptar su naturaleza y entrar en el océano. Solamente al entrar en él, el miedo desaparecerá, porque sólo entonces el río sabrá que no se trata de desaparecer en el océano, si no de convertirse en un océano.” -K. Gilbran

¿Entonces? Aquí estoy escribiendo, por supuesto con mucho aún por resolver y seguir construyendo en mi vida, pues ésta es un flujo que no se detiene y siempre tiene sorpresas para darnos. Con ganas de ser océano, con nervios de dejar de ser río. Con el impulso de esta M o V i D a. Confiando. Confiando en que el universo es una alquimia benévola que me acobija, me guía, me protege. Y aferrándome a mi espiritualidad, a mis verdades. En términos muy generales la espiritualidad puede definirse como la disposición de una persona de desarrollar las características de su espíritu, lo que implica experimentar estados de bienestar, como la salvación y la liberación. A mi me gusta creer en la liberación, en viajar cada vez más liviana, más sonriente, más amable. En crear estados de bien estar para mi y el mundo que me rodea.

Una mujer que encarna la conexión espiritual de EL MOVIMIENTO a través del yoga mientras abraza su amor por LOS VIAJES en bikini.