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CÓMO HACER YOGA Y NO DESISTIR EN EL INTENTO

Una mujer perseverante en una pose de yoga.
Tiempo de lectura: 7 minutos

Mis primeros estudios académicos fueron en psicología y dentro de ellos descubrí al psicoanálisis. De allí surgió mi fascinación por el estudio del cuerpo, el síntoma y el inconsciente. Sin embargo, en la visión psicoanalítica el lenguaje a través de la palabra, fue el único medio en el que pude expresarme. En ese entonces, me faltaba algo más. Quizás me faltaba hacer un acting out escénico de mi histeria del momento. Por eso, decidí continuar mi búsqueda por fuera de la lógica de la palabra y por fortuna, encontré al movimiento expresivo de la danza contemporánea.

Mi acercamiento real al yoga comenzó en el 2011, cuando estaba realizando mis estudios de maestría en Danza en la Universidad de Oregon. Como colombiana, tanto el yoga como la danza contemporánea son prácticas con las que no crecí de la mano. Ambos campos de conocimiento los fui encontrando, en la medida en que me fui haciendo adulta y necesitando de otras perspectivas para responderme preguntas. Sobre todo, cuando necesité encontrar un lugar seguro para el pleno desarrollo de mi libre personalidad.

Las cosas sucedieron de manera misteriosa, una sucesión de “casualidades” me llevaron de un encuentro a otro. Primero llegó la danza contemporánea y luego el yoga se fue haciendo una práctica complementaria, hasta que se tornó en un interés muy particular que me llenaría de intensiones y emprendimientos.

Cuando estaba realizando la maestría, en mi segundo año, una amiga también bailarina me propuso ir a una clase de yoga caliente –Hot Yoga. Yo sólo entendí que era una práctica fuerte que se hacia en un salón húmedo a 42 °C. Bastante escéptica, confieso, acepté el reto. Mi relación con la danza en ese momento era de bastante esfuerzo, pues como dije arriba, yo no crecí bailando técnicamente, lo que si era el caso para el resto de las chicas que hacían el programa conmigo. Pensé que trabajar más en mi flexibilidad y el fortalecimiento de mis músculos me sentaría bien.

Mi primera clase fue un montón de tropiezos. El estudio al cuál asistí era bastante estricto con la puntualidad de la clase. Para los que me conocen, la puntualidad no es mi fuerte. No llegué tarde, pero tampoco llegué con suficiente tiempo para ubicarme adecuadamente en el salón y sobre todo para llenar mi botella de agua.

Mi amiga, la que me había invitado, tampoco apareció. Así que entré a un minuto de que la puerta del salón cerrara para iniciar la clase, siendo el único espacio disponible para mi tapete y toalla, el centro del salón. Esto traducía que me había tocado el espacio más caliente del lugar. Habíamos alrededor de 20-30 personas y yo no entendía casi nada de la etiqueta de la clase. Lo único que dijo la instructora y de lo que yo me agarré para sobrevivir, fue que, para los principiantes, el reto era permanecer los 90 minutos de la clase por dentro del salón. De ser necesario, debíamos hacer la pose del niño en el tapete o savasana hasta el final de la clase.

Este no fue del todo mi caso, pero en repetidas ocasiones sentí mareo, incomodidad, no entendía para donde mirar, ni moverme y tuve que parar por periodos cortos. Sin agua. Todas las demás personas parecían realizar una danza al unísono, pues la clase es una secuencia de 28 posturas fijas que se repiten dos veces cada una. La mayoría de los asistentes las conocían.

La aventura terminó en 90 minutos de mucho, mucho esfuerzo, sin agua. Mucho calor y sudor. Una vez en savasana (que es la postura clásica de relajación al final de una clase de yoga) una frase cobró vida en mi cuerpo. La instructora también había dicho que el esfuerzo puesto en la clase sería proporcional a nuestra recompensa, al bienestar que sentiríamos luego. Durante la clase no entendí muy bien el significado de esta expresión, pero mientras estaba en el piso, tirada, con los ojos cerrados, sin moverme (ya no quedaba más fuerza), una sensación de expansión y relajación comenzó a extasiarme. Me sentí grande, fuerte, como si ya nada pudiera interrumpir mi calma.

Extrañamente, contrario a lo que había pensado inicialmente velada por mi escepticismo, volví, día tras día, a la clase de yoga. Si, a la misma secuencia, hasta que ya no volví a sentir mareo, hasta que el agua ya no volvió a ser un anhelo necesario, hasta que yo también empecé a hacer parte de la danza.

El calor de la clase, verse en el espejo todos los días por 90 minutos en shorts y tops (aunque a veces uno no quiere verse), el esfuerzo de las poses, tratar, y poco a poco ir sintiendo la transformación del cuerpo y la mente, se convirtieron en prácticas terapéuticas que en efecto, no sólo mejoraron mi danza (flexibilidad y fortaleza muscular) sino que también me dieron confianza en mi misma, persistencia, determinación, un espacio único para mi bienestar. Así pasaron dos años, día tras día. Hasta que comencé a profundizar en la práctica, a extender la secuencia y luego decidí formarme como instructora de yoga.

Esta formación, que terminé luego de haber culminado mis estudios de maestría en el 2013, me trajo un regalo muy grande. El poder articular mis pasiones, la danza (el movimiento) y la piscología (la reflexión, la quietud de la mente y el crecimiento personal).

Por esta razón, después de mi formación, me he dedicado a llevar el yoga y la danza a diferentes personas y escenarios.

En el caso particular del yoga (también sucede con la danza) me he encontrado con muchos entusiastas, pero pocos seguidores. Muchas personas quieren probar, pero o no se animan o no persisten. Se rinden muy fácilmente ante la incomodidad de las posturas, el dolor físico o su impaciencia ante el silencio de la meditación. Muchos ni siquiera comienzan porque al ver fotos de “yoguis” ni siquiera se sienten motivados, más bien se ven incapaces de llegar a ser flexibles.

Aunque sabemos que el yoga es una herramienta poderosas para conocernos más y posibilitar transformaciones en nuestro ser; que a través del yoga, el movimiento y la meditación, cambian tanto nuestros cuerpos, como nuestras mentes. Aunque sabemos esta teoría, muchas personas se resisten. Se resisten por múltiples razones.

Me gustaría comentar una perspectiva que puede ayudarte a vencer la resistencia, sobre todo en el caso de que sientas un deseo por hacer del yoga una práctica en tu vida, es decir, un hábito.

Cuando se estudian los hábitos, hay prueba de que un hábito se queda contigo cuando, en un periodo corto de tiempo, te sumerges por completo en la práctica y puedes vivenciar los beneficios paralelamente. Es decir, en nuestro caso, por ejemplo, si fueras a un retiro de yoga de 3-5-7 o más días, habría un buen chance de que luego quisieras seguir practicando lo que aprendiste, porque muy seguramente al respirar profundamente, meditar, moverte y alimentarte de una manera más balanceada y saludable, sentirías cambios en ti inmediatamente.

Ahora bien, un retiro no siempre está al alcance de todos o es posible por cuestiones de tiempo. También puede ser muy asustador hacer una inmersión de una actividad de la cual no conoces mucho. Pero supuesto, hay más opciones y la idea es que tú mismo construyas tu hábito.

Lo primero a tener en cuenta es que crear un hábito, significa crear nuevos caminos neurológicos en nuestros cerebros. Implica aprendizaje y repetición, es decir, constancia. De eso no hay duda. Un camino solo puede asentarse cuando se ha recorrido varias veces, cuando empieza a ser huella. Y en esa construcción de la huella, del camino, va a haber esfuerzo, esto también es innegable. Pero como todo fuerzo intensionado, valdrá la pena.

Ahora bien, la clave es que veas el hábito como un proceso y no como una meta o lo ates a un resultado específico, por ejemplo a una postura en particular. La mayoría de las veces fracasamos en nuestros emprendimientos porque nos obsesionamos con el resultado.

Olvidamos que entre lo que deseamos y nuestra meta final hay trabajo, esfuerzo. Pero no un trabajo o esfuerzo que debe ser “padecido”, sino un esfuerzo que debe ser valorado y amado, que debe brindar también bienestar.

La resistencia de iniciar o continuar puede contrarestarse quitándole peso al ideal de la meta, a la perfección que nos imponemos sin ninguna razón, más que la de nuestros egos.

Cuando imaginamos que el yoga es cierta postura, tal como se ve en una foto o en alguien que ya la ha alcanzado, y nos obsesionamos o apegamos a la idea de que nuestra práctica debe verse de la misma manera, erramos.

La perfección es enemiga del cambio, de la exploración, de los aprendizajes. La perfección es una consecuencia de un camino largo de trabajo, constancia y esfuerzo, no de un deseo caprichoso. Por esto sufrimos, nos limitamos, nos rendimos antes de siquiera intentarlo, porque no nacimos perfectos, no nacimos hechos.

Por esta razón, hay que llamar y bienvenir a la compasión, en este caso la propia. Cuando queremos instaurar un hábito, ya sea la práctica de yoga o cualquier otro, debemos llamar al amor propio, al valor de cada acto, de cada detalle, de la experiencia, del PROCESO.

Somos compasivos cuando estamos en una actitud de apertura, soporte y empatía con nuestro propio sufrimiento, esfuerzo. Es cuando valoramos la dedicación y la constancia, por encima de los resultados. Cuando disfrutamos de la experiencia de aquello con lo que nos comprometemos, no importa si no nos sale perfecto, o como imaginamos debería ser, etc. Pues en realidad la perfección no existe. Es una idea que construimos.

Por eso para empezar yoga debes solo empezar. Lanzarte. No importa si la práctica es corta al principio. Puedes hacer una clase corta para comenzar. Darte el tiempo de probar el silencio, el movimiento, poco a poco y ver cómo tu cuerpo responde. Debes iniciar con tu momento presente, es decir, donde estás, con tu cuerpo tal cual.

Todos tenemos un potencial inmenso de cambio, así que poco a poco en la medida en que empieces a disfrutar más el proceso, los cambios se irán dando.

Suelta las ideas preconcebidas, suelta la idea de perfección, enfócate en explorar, en probar, en sentir, lo que poco a poco vas ganando con la práctica. En ese momento estarás listo para saltar al mundo del yoga y harás de tu práctica una actividad regular para tu vida.